Perder el juicio

Carmelo Moya Calvo · Zaragoza 

Me habían puesto en antecedentes. Era un tipo estirado, seguro de sí mismo, muy riguroso. A veces su expresión hasta se avinagraba. Tanto que podía convertirse en todo lo contrario de lo que pretendía transmitir, o sea, en un auténtico payaso. Yo me lo jugaba todo en aquel caso. Tenía la estrategia cogida con pinzas, la endeblez de mis argumentos me obligaba a pergeñar un golpe de efecto tal, que dejara en un segundo plano mi pobre discurso. Lo aposté todo a una carta y aquel día me planté en la sala vistiendo un traje ceñido de color amarillo limón que iluminaba todo el recinto. Su Señoría quedó prendado y yo gané el contencioso¡€™pero perdí el juicio. En dos semanas hicimos la mudanza y nos fuimos a vivir juntos. Llevamos tres años casados y tenemos dos hijos. Ahora, cuando quiero algo de él, repito nuestro código cromático. Siempre funciona.

 

 

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