CABEZí N

Francisco Javier Aguirre González · ZARAGOZA 

Se llamaba Antonio Cabezón, era el último vástago de una familia campesina y se había convertido en objeto de chanzas y bromas por parte de sus compañeros de trabajo que le provocaban una sensación de vértigo. Aquello le hacía perder la brújula, de modo que tomó la decisión de cambiar de nombre. Una fría mañana con más de un carámbano en la ventana de su casa, acudió a consultar a un amigo, quien le dijo que era un tema jurídico de fácil solución, que acudiera a un abogado. Lo hizo. El abogado le informó de que el cambio de los nombres, los apellidos y el orden de éstos estaba regulado por ley. Le bastaba con acudir al juzgado y modificar su inscripción en el registro civil. Acudió. El oficial le explicó el procedimiento, sacó su expediente y le preguntó cómo quería llamarse. El aludido respondió sin dudarlo: Luis Cabezón.

 

 

Queremos saber tu opinión