Imagen de perfilEL GUERRERO DEL ARCO IRIS

José Manuel Maguilla Luna 

Aquella tarde de verano, cuando las chicharras entonaban su canción plagada de chirridos, alguien había decidido que en los alrededores del pueblo era preciso construir nuevas viviendas, que había que transformar aquel paisaje pleno de naturaleza en suelo urbano.
Una nube negra enlutó el cielo. Ese cielo azul celeste hasta poco antes de comenzar la catástrofe. El matorral, los árboles y los animales, reducidos a cenizas, quedando esparcidas en aquel paisaje desolador…
No hace falta jurar que lloré ante tanta destrucción.
Desde entonces, cuando ya era abogado de Gaia, esa organización ecologista que pretende salvar nuestro planeta, me llaman “el guerrero del arco iris”.
La naturaleza es resiliente y pugna por abrirse camino. Aunque nos está costando reparar el daño causado por aquel incendio, los especuladores del terreno no consiguieron salirse con la suya.
Aquel alcalde me confesó: “…el material incendiario que empleamos no fue suficiente para transformar el pueblo”.

 

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1 comentario

  • Doy por hecho que tu relato es una ficción, pero todos sabemos que tiene muchos visos de realidad, si no con los mismos detalles, con otros. Hay gente del campo que quema terrenos para que luego se recalifiquen como futuros pastos o tierra de cosechas, está sucediendo ahora mismo y en este país. La sinceridad de ese alcalde no hace sino confirmar lo mal dirigidas que están las intenciones. Es lógico buscar riqueza, pero destruir la naturaleza es lo contrario, puro vandalismo estéril, aunque a corto plazo pueda no parecerlo.
    Un relato que denuncia una realidad, con homenaje incluido al barco mítico de Geenpeace.
    Un saludo y suerte, José Manuel