Justicia

María Isabel López-Carrasco Casado · Madrid 

Mi nuevo «cliente» me estaba esperando. Nervioso, jugaba con uno de esos cubos mágicos de Rubik. Entre sus dedos los cuadraditos de colores se movían ágilmente, como si bailaran. Parecía el mismo mago que ideó aquel juguete. Para mí era como el día de mi primer señalamiento. Me sentía inexperto y sin embargo poderoso y capaz. Después de tantos años pidiendo respetuosamente justicia en lugar y fecha «ut supra», por fín había comprendido en dónde me concederían de verdad Justicia. Fue en aquella bella ciudad de Europa, durante los cursos organizados por su vieja Universidad. Al regresar colgué la toga. Cuando entré, él me miró con respeto y me suplicó angustiado: ¡Padre, la absolución! El guardía cerró entonces, silenciosamente, la puerta de la celda.

 

 

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