El alegato

Ignacio González Bonilla · Las Palmas de Gran Canaria 

“… no podemos cruzarnos de brazos y permitir este tipo discriminación en Europa. Por eso, ¡pido la absolución de mi cliente!” Ya está, está hecho. ¡Ja!, vaya discurso, mira sus caras. Sorprendidos. Obnubilados. Impresionados. Mirándome boquiabiertos, como si fuese un mago, un escapista que, tras encerrarse en un gran cubo lleno de agua, sellado a cal y canto, aparece frente al público cuando menos se lo esperan. Normal, llevo días preparándolo. Qué digo días, ¡incluso antes del señalamiento del juicio!, ¡semanas!, ¡meses! Casi se diría que llevo toda la vida preparándome para esto. He ensayado mentalmente cada palabra, cada gesto, cada pausa, completamente absorto en mi discurso, sin hacer caso a nada a mi alrededor. Después de esto seré famoso, ¡hoy es mi día! “Eh… Impresionante alegato, letrado”. Lo sé, señoría, para qué ser modesto. “Aunque muy extraño para un caso de divorcio. ¿No se habrá confundido usted de juicio?”

 

 

Queremos saber tu opinión