La condena

Fernando Sánchez Salinero · Ourense 

Dejó caer la pluma sobre el bloque de piedra al que lo habían encadenado. Le habían dado esa falsa libertad que supone llevar atado a tu tobillo un enorme bloque de piedra negra. Podías caminar, pero arrastrándolo. Le marcaba y la gente huía a su paso. La sentencia la dictaron en voz baja. Esa palabra nunca se grita, generalmente sólo se padece. Ninguna frase surgía como alegato de descargo. Tenía demasiadas razones para convencer a cualquiera, pero nadie que las quisiera escuchar. Lo que más le molestaba era no ser víctima del sistema, ni que no le hubiese juzgado un zoquete al que culpar. No había juez, no había testigos, sólo condena. Esa cruel piraña que te devora por dentro cuando eres víctima de ser justo en un país que hace tiempo se rindió a la corrupción. Volvió a leer la condena escrita sobre la piedra: soledad.

 

 

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