La absolución

Juan Carlos Flores Domínguez · El Puerto de Santa María (Cádiz) 

Tan pronto como oyó el fallo que el juez adelantó in voce, abandonó la sala como un cohete, sin siquiera mirar a su estupefacto cliente, al que un policía ya despojaba de las esposas. Con sus interrogatorios, hábilmente dirigidos, el letrado había conseguido sembrar nuevamente la duda que tantas veces había sido su aliada. Sin embargo, el gesto serio que lo miró desde el otro lado del espejo del baño al que había corrido a refugiarse, no parecía ser el de alguien que acaba de añadir una nueva victoria a su larga cosecha de éxitos. Metiéndose en la boca una gominola, trató de enmascarar el amargo regusto que siempre le restaba tras cada sentencia absolutoria. Al abrirse la puerta se sobresaltó, como un espía que se sabe descubierto, y guardó apresuradamente la cajita de golosinas en el mismo olvidado bolsillo de la chaqueta en el que mantenía oculta su conciencia.

 

 

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