Implacable

José Javier Puerto Rodríguez 

Me miraba fijamente a los ojos, con esa mirada impenetrable de la que muchos abogados altaneros presumen por sistema. Me sentía minúsculo en esa silla incómoda donde me parecía leer inscrita en el respaldo la palabra «soledad». Como una piraña comenzó a atacar a mi cliente, a base de preguntas retóricas y agresivas… Mi cliente me miraba buscando respuesta a ese bloque de cemento que le estaba cayendo encima, mientras que yo a duras penas podía intercambiarle la mirada sin evitar el sonrojo que iba apareciendo por momentos en mi cara… Cuando llegó mi turno, tras tragar saliva en repetidas ocasiones, no pude más que decir: «No hay preguntas, Señoría». Mi cliente transformó su perplejidad en ira, sabiendo que acababa de perder el caso. Siempre pensaría que había contratado el abogado más zoquete de Sevilla. Nunca le dije que había sido mi primer juicio.

 

 

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