El abogado pipiolo

Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

El joven letrado recibió aquella sentencia como un cohete dirigido a sus sentimientos. “Sólo los hombres canos pueden satisfacer mis necesidades”, le acababa de soltar su idolatrada abogada, la misma mujer brava a la que espía por los pasillos de los juzgados como un adolescente calenturiento. La muy pérfida aún tuvo tiempo de regalarle una mueca de falso desprecio mientras se alejaba rodeada por la cohorte de magistrados babosos que acostumbraban a reírle sus gracias. Quizás por eso apenas puede contener el temple cuando un compañero le palmeó la espalda: “Olvídate, pipiolo. Para comerse esas gominolas, de Decano en adelante”.

 

 

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