Imagen de perfilApelación desoída

Daniel García Rodríguez 

Pronunciada la sentencia, la madre lo miró implorante desde el fondo de la sala, apelando silenciosamente a los recuerdos de una lejana tarde de primavera, cuando a la sombra de una encina y junto a una cesta incompleta concibieron el apresurado final de su amor adolescente.
Él permaneció impasible y ella bajó la mirada al antebrazo con que había amartillado el destino del hijo bastardo. Buscaba el tatuaje gemelo al que ella conservaba en su piel arrugada y reseca, un vestigio que hubiera sobrevivido a la caducidad de las pasiones incontroladas y a la desunión de las almas. Pero aquella malograda felicidad yacía olvidada, sepultada bajo las puñetas bordadas en la toga, y lo único que podían compartir ya era una mustia y callada decepción.
Con un movimiento mecánico el juez se estiró las mangas y abandonó rápidamente la sala.

 

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