Condena perpetua

Marta Trutxuelo García · Andoain (Guipuzkoa) 

Estaba algo nervioso, pero me vencía la curiosidad por averiguar qué se siente al ser por una vez el protagonista en un juicio; debo admitir que me daba cierto morbo sentarme en el banquillo de los acusados. Entré en los juzgados y traspasé la puerta de la familiar sala de audiencias donde tantas horas había invertido durante mi prolongada profesión de abogado. —¡Este tribunal ya tiene un veredicto! —exclamó un juez ataviado con una toga blanca y dueño de una espesa barba cana. — ¡Si aún no ha comenzado el juicio! —protesté. — Se le condena a vagar como un espectro por toda la eternidad —sentenció el juez. — ¿Cómo? —exclamé horrorizado—. Aquí hay un error, sólo he cometido un delito leve de malversación, la condena debería ser una multa… —intenté argumentar. —¿Cuestiona la jurisdicción de esta sala? ¡Condenado por desacato al tribunal!¡Santo cielo! ¡Abogados! No respetan ni su propio juicio final.

 

 

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