Falsas apariencias

Juan José Duart Albiol · Amposta (Gerona) 

“Mañana en la vista me sustituirá Jorge Luis. Es un compañero de nacionalidad argentina, experto en estos temas”, me había dicho mi abogado. “Lo reconocerás inmediatamente”, añadió. Cierto: rechoncho como un botijo, calvo como un champiñón, patizambo, desaliñado, con la toga por los talones, llegó resoplando y dijo: “Vos tranquila, ganamos fijo”. No pude hacer más que una mueca y me arrastró a la sala. Dentro, parecía distraído. Cuando llegó su turno, sonrió y me guiñó un ojo: “¡Tierra trágame!”, pensé, pero expuso su alegato con tal convicción y vehemencia, con tal persuasión y sensibilidad, que el tribunal quedó cautivado. Al preguntarle cómo había ido, respondió: “Macanudo. Una clase didáctica de justicia y amor maternal”. No sé qué dijo en esa sala, pero dos semanas más tarde mi hija volvía a estar conmigo. Todavía hoy, años después, sonrío al recordarlo viéndole calentarse los pies en la chimenea, junto a Sara.

 

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