Clandestino

Jerónimo Hernández de Castro · Salamanca 

El chico pasaba desapercibido en los despachos: un becario entre tantos. Yo, ni siquiera conocía su nombre. Casi oculto junto a la fotocopiadora parecía ausente, como una víctima del desamparo, necesitada de tutela; aunque su brújula guardaba una afilada aguja que apuntaba a su norte particular. Ninguno de nosotros se percató de su pericia para adquirir un saber tan profundo como ecléctico. De Sánchez Pons, sus estratagemas de litigante especialista en Civil; de Bergareche su agudeza en la fiscalía. De mí… quién sabe. Quizá aún conserva algo de gratitud cuando estoy tan cerca de la jubilación y ha tenido la gentileza de no despedirme, como a todos los socios, ahora que es el dueño del bufete.

 

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