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Aurora Roger Torlá 

Apareció en mi bufete un anciano vestido de primavera. Su indumentaria: una alegre sinfonía de colores brillantes y un sombrero con airosa pluma larga apuntando hacia arriba.
Cuando me estrechó la mano percibí una frialdad de hielo en su piel. Era autónomo, instrumentalista de viento y nunca tuvo empleo fijo. Circulaban fake news sobre él que quería erradicar: decían que era secuestrador reincidente de población vulnerable. Le pitaba el oído izquierdo sobre todo en junio y más cada 26 de junio, aniversario de un suceso trágico que le atribuían a él pero que no era cierto. Exigía tener la oportunidad de que le defendiera un letrado.
Desapareció en un halo de misterio depositando sobre mi mesa un anticipo de mis honorarios. El paquete contenía quinientos florines de oro de veinticuatro quilates del siglo XIII y una carta fechada en Hamelín.
Luego vi en el suelo, olvidada, una larga flauta dorada.

 

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