Ilustración: Juan Hervás


Su condena: el perdón

Inmaculada Aguirre Díaz-Guardamino · Las Rozas de Madrid 

Noté un desagradable sabor a plomo subiendo desde la boca del estómago y supe que iba a vomitar. Mi abogado, que minutos antes acariciaba el camello de su cajetilla de tabaco con las manos impregnadas en sudor, ahora sonreía y se movía nervioso entre sus compañeros, recibiendo elogios y felicitaciones. El azar, quizás, quiso romper la cadena de custodia de la única prueba que me incriminaba. Abrazado a su cartapacio se jactaba de haber vencido, de haber esquivado el socavón de la miseria penitenciaria que me esperaba. Nunca comprendería que mi condena había sido anterior a la sentencia y había venido impuesta por la mirada oscura y profunda de la hija del hombre a quien acuchillé… Ella, mi juez, minutos antes de empezar el juicio se acercó a mí, deslizó su pequeña mano en mi brazo, y fijando sus grandes ojos en los míos susurró: Te perdono.

 

 

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