Imagen de perfilLa transformación

Elisa Martínez Salazar · Zaragoza 

Cuando despertó aquella mañana tras un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un gigantesco coronavirus. Las últimas semanas había seguido a rajatabla las normas gubernamentales con la intención de amortiguar la imparable propagación de la enfermedad, pero, sobre todo, movido por el pánico a contraerla él mismo. Respetaba el confinamiento con un celo extremo, llevaba mascarilla incluso dentro de casa y se había propuesto no salir hasta que descubriesen una vacuna. Había reunido provisiones para una buena temporada y no vacilaba en denunciar cualquier conducta temeraria que descubría desde su balcón. Y entonces, como una broma despiadada del destino, se halló transformado en lo que tanto había temido. Ni siquiera podía levantarse a teletrabajar, impedido por aquella forma esférica y puntiaguda recién adquirida. La idea del despido nubló sus pensamientos. «¡Ya sé quién puede ayudarme! —se dijo algo aliviado—. Pero ¿cómo llamo ahora a mi abogada?».

 

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