Imagen de perfilEl abogado

Gabriel Luján Matos 

Día tras día recordaba estas palabras: «te voy a proteger pase lo que pase, ¿me entiendes?». Cinco años habían pasado desde ese momento. Sonó el teléfono: «¿Quién es?»- «Soy yo, mamá, hemos ganado, se ha desestimado su recurso y entra en prisión». El suministro de esa información le cambiaba la vida por completo. Después de haber tenido que soportar por años y años penurias, hambre y un crecimiento de las deudas inimaginable, todo por culpa de su marido, su hijo lo había conseguido. El abogado, como lo llamaba su abuela, había cumplido su promesa.

 

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4 comentarios

  • No existe mayor satisfacción que la del trabajo bien hecho y, si además, ayuda a que la vida le ponga a cada uno en el lugar que merece, la recompensa obtenida entonces no tiene precio.
    Auxiliar a una víctima (al margen de que sea la propia madre, o más aún si lo es), al tiempo que se castiga a un malhechor (con independencia de que sea el propio padre, o más aún si se trata de él), da sentido a una profesión, en un relato breve y sencillo en apariencia hasta en el título, aunque lleno de contenido.
    Un saludo y suerte, Gabriel

     
  • No existe mayor satisfacción que la del trabajo bien hecho y, si además, ayuda a que la vida le ponga a cada uno en el lugar que merece, la recompensa obtenida entonces no tiene precio.
    Auxiliar a una víctima (al margen de que sea la propia madre, o más aún si lo es), al tiempo que se castiga a un malhechor (con independencia de que sea el propio padre, o más aún si se trata de él), da sentido a una profesión, en un relato breve y sencillo en apariencia hasta en el título, aunque lleno de contenido.
    Un saludo y suerte, Gabriel